11 de jan de 2009

Minha filha Veronica e a forca milagrosa do seu amor

No he querido iniciar la publicación de estos artículos, sin brindar un humilde y merecido homenaje a mi nuera…, a mi hija Verónica. Desde mi más temprana juventud, dos grandes anhelos anidaron en mi alma: llegar a ser médico neurocirujano; y constituir una hermosa familia, con varios hijos que me colmaran de felicidad y orgullo. A la edad de 19 años, recibí un extraordinario regalo celeste en la persona de mi único hijo Roberto, lo más puro y valioso, lo realmente verdadero de toda mi existencia. Pero los cubanos vivíamos tiempos tormentosos, constantemente convocados a trabajar sin descanso en pos de una Patria más justa; por lo que muchas mujeres de mi generación, nos incorporamos a aquel teóricamente promisorio proceso, convencidas de que luchábamos por legar a nuestros hijos, la más perfecta de las sociedades. Fue así, como ocupada en una cadena interminable de tareas, y ayudada por mi madre en la crianza de mi idolatrado hijo, perdí momentos sublimes e irrepetibles de su niñez y adolescencia; y no tuve nunca la hija que tanto anhelé. Perdí momentos irrepetibles de mi hijo, trabajando en favor de un sistema socio-político que estafó y traicionó mis mejores sueños e ilusiones. Terrible e irreversible error, que ha dejado heridas eternamente abiertas en mí, y en un sinnúmero de cubanas, pues nada, ¡absolutamente nada!, superará ni sustituirá jamás, la sagrada misión implícita en la condición de madre.
Contaba ya 50 años de edad, y enfrentaba una de las etapas más complejas y tristes de mi maltratada vida, cuando cual ráfaga milagrosa de alegría y consuelo, Dios me obsequió a Verónica, la hija tanto tiempo añorada. Verónica llega a nuestra familia en el momento más difícil de toda mi trayectoria dentro del comunismo cubano; en el período final de esa trayectoria. Yo no era entonces una disidente; ni siquiera conocía a la disidencia. Era sólo una científica reconocida en el país, sin ambiciones personales, directora de un prestigioso centro neurocientífico; y diputada al parlamento. Yo no luchaba por derrocar al gobierno, ni contra el gobierno; pero sí incurría en la acción más fuertemente punible por este régimen que nos domina desde hace medio siglo: pensar con mi propio cerebro. Yo solamente defendía con firmeza y pasión, lo que consideraba mejor para mis compatriotas enfermos, para la institución que había fundado y dirigía; y para los trabajadores de esa institución. El gobierno no respondió nunca a mis sinceros y lógicos requerimientos, ni con un diálogo racional y sosegado, ni con argumentos acertados. Utilizando su habitual autoritarismo, mantuvieron sus absurdas e inaceptables disposiciones; me rodearon de un ambiente adverso, plagado de incomprensiones, intrigas y mentiras; y me sometieron a tratos despóticos, atropellos e intimidaciones.
Verónica viajó por primera vez a Cuba para visitar a su querido hermano Pablo, a nuestro querido Pablo, el que había ingresado, acompañado por sus padres, en el centro médico dirigido por mí. No viajó a Cuba en calidad de acompañante de su hermano enfermo, sino con el objetivo de visitarlo. En el curso de esa visita, conoció a mi hijo, y surgió en ellos un amor recíproco, inmenso, puro; un amor digno del respeto de cualquier ser civilizado. De inmediato me pregunté con preocupación: ¿cómo esa bella y dulce joven, casi adolescente, procedente de un país normal, que vivía en democracia y sin absurdas privaciones espirituales y materiales, lograría enfrentar los demenciales eventos que sin cesar, se sucedían en este reino de las tinieblas, donde residía mi hijo, el hombre que ella había escogido para compartir su existencia?
Los matrimonios de cubanos con personas de otras nacionalidades, sólo bien aceptados por los gobernantes de Cuba cuando se trataba de ellos mismos, de sus hijos y otros familiares, y de sus protegidos, fueron durante muchos años, objeto de críticas y de férreas regulaciones oficiales. Como Verónica es argentina, mi hijo debió solicitar los múltiples y degradantes permisos para contraer nupcias, establecidos por un régimen que controla hasta los más íntimos sentimientos de todos los habitantes de este oprimido país. Obtenidos los humillantes e imprescindibles permisos, se efectuó finalmente el casamiento en Cuba. Tanto en la etapa previa como en la posterior al matrimonio, nuestra familia, incluida Verónica, fue perseguida, vigilada las 24 horas del día, y sometida a sutiles métodos de tortura psicológica, solamente porque la que escribe estas líneas, defendía honestamente sus criterios de índole profesional, no en tribunas ajenas ni foráneas, sino en el seno de las organizaciones e instituciones comunistas. Mi querida y admirada hija Verónica reaccionó ante esas inexplicables, inmerecidas e irracionales agresiones, transformando con la fuerza milagrosa de su amor, su inocente y conmocionada sorpresa inicial, en esa mezcla admirable de coraje, madurez, abnegación y ternura, que la ha convertido en el sostén moral y espiritual de nuestra familia, en estos tenebrosos últimos 15 años.
En aquellos días mi hijo, ya casado, debía viajar a Japón para cumplimentar una beca de post-grado, que los científicos de ese país le habían otorgado, por sus conocimientos en el campo de la Neurocirugía Funcional. Consciente de mi definitiva e insoluble incompatibilidad con el régimen, había decidido romper todos mis nexos con éste, por lo que rogué a mi hijo, que jamás regresara a Cuba, pues sabía que su seguridad y tal vez hasta su vida peligrarían después de mi renuncia. Mención especial merecen los hechos ocurridos en el aeropuerto el día de su partida. Al llegar, constatamos un inhabitual despliegue militar. A pesar de que mi hijo contaba con el permiso de viaje necesario en Cuba; y que se trasladaba a Japón con fines académicos, en el momento de presentar su pasaporte, el oficial encargado de los trámites en el área de Inmigración, le informó, sin explicaciones y en tono prepotente y grosero, que él no podía salir del país. Al unísono, Verónica, brutalmente agredida física y verbalmente, era obligada por la fuerza a abordar sola el avión. Mi hija Verónica se creció ante esos cobardes atropellos, exigiendo a sus zafios represores, el respeto que merecía como ser humano, como mujer, esposa, y como ciudadana argentina. Les repitió además, que nunca abandonaría Cuba sin la compañía de su esposo; y reclamó la presencia de la embajadora argentina. Gracias a Dios, después de un tiempo prolongado de espera y vejaciones, lograron viajar. Cuando solicité aclaraciones sobre semejante barbarie, respondieron con una grotesca mentira: “habían confundido a mi hijo con alguien que portaba un pasaporte falso”. En realidad, tan desproporcionado y burdo alarde de fuerza, que dejó huellas imborrables en toda la familia y especialmente en Verónica, era un torpe e infructuoso mensaje, con el que pretendían recordarme, quiénes son los verdaderos dueños del poder en esta isla; y los horrores a que me exponía, si continuaba aferrada a la utopía de pensar por cuenta propia.
Al concluir su post-grado en Japón, mi hijo se trasladó a la Argentina. Reiniciaba así su vida, como un joven y talentoso médico especialista, totalmente desconocido en aquella nación, lejos de su Patria; y agobiado por la represión que sufría su familia en Cuba. Sin embargo, ambos, él y Verónica, fundieron su mutuo amor, su coraje, y sus irreductibles voluntades; y de esta milagrosa simbiosis brotó la fuerza que le permitió la rápida y exitosa convalidación de sus títulos. En el curso de estos años, mi hijo logró consolidarse y desarrollarse continuamente como profesional, como ser humano y padre de familia, con el invaluable apoyo de su inteligente, culta, capaz, abnegada, organizada y amorosa esposa.
Y llegaron mis nietos, mis físicamente lejanos nietos. El vientre bendito de mi hija Verónica, acunó a mis dos divinos tesoros, Roberto Carlos y Juan Pablo. Mis adorables nietos, esos niños argentinos inocentes, cuyo elemental derecho de crecer en una relación normal con su familia paterna, es violado desde que nacieron, por hombres cubanos que invaden y profanan el sagrado y venerable universo familiar, con sus irracionales decisiones políticas, sus demenciales venganzas, y su abuso de poder. Esos ángeles, potentes e indestructibles anclas que me unen a la vida, alumbran como soles mi existencia, desde que Dios bendijo al mundo con la presencia de Robertito en 1995, y de Juampi en el 2001. Ellos, mis idolatrados nietos, cual bálsamo sagrado, han ido restañando tantas heridas abiertas y maltratadas. Con el esmero y la entrega absoluta de las madres excepcionales, Verónica va formándolos, cultivándolos como hombres de bien; al tiempo que ha sembrado en sus corazones infantiles, un inmenso amor por su abuela y su bisabuela ausentes.
No obstante las numerosas e importantes responsabilidades que han demandado siempre su atención, mi querida hija Verónica se ha multiplicado en su amor; y aun con su salud quebrantada, no cesó nunca en su empeño de preparar valijas repletas de alimentos, fármacos, otros regalos, y alentadores mensajes de cariño y esperanzas, los que enviaba a Cuba con personas solidarias, para evitar que la madre y la abuela de su esposo, muriéramos aquí de hambre y enfermedades.
Cuando el pasado mes de Mayo, mi madre fue liberada de su cruel retención en Cuba, mi hija Verónica, en un extraordinario acto de valentía y sacrificio, vino a esta isla sólo para acompañarla en su viaje a la Argentina. Asumía así la responsabilidad del riesgoso traslado en avión, de una anciana gravemente enferma, sin el concurso de un médico. Desde hace siete meses, Verónica ha prodigado cuidados de excelencia, llenos de infinita ternura, a la frágil bisabuela de sus hijos. Ella y toda nuestra familia en la Argentina, colmando a mi madre de respeto y amor, tratan de mitigar las huellas de los tormentos que hombres cubanos poderosos y despiadados, han infligido a esa noble e indefensa ancianita en el ocaso de su vida.
Mi valerosa hija Verónica, ha levantado su voz serena, respetuosa, firme y veraz, en múltiples tribunas, defendiendo los conculcados derechos de nuestra familia. Con su honorable actuación, se ha expuesto a los ataques, tanto del régimen cubano, como de los corifeos apologistas de este régimen en otras latitudes. Cuando mi hija Verónica alza su voz en defensa de nuestros pisoteados derechos familiares, no sólo se convierte en la voz de miles de familias cubanas destrozadas y silenciadas por el terror a lo largo de medio siglo; sino que además, con su decoro, compensa la vergüenza de tantas dañinas complicidades internacionales, las que mediante sus indignas acciones, han contribuido y contribuyen a perpetuar la agonía de esta isla mártir.
No deseaba que el año 2008 llegara a su fin, sin este humilde testimonio; sin decirle a mi hija Verónica, cuánto la quiero, cuánto la admiro y le agradezco. Pido perdón a mi adorado hijo Roberto, porque lo hice nacer y crecer en este reino de las tinieblas. Pido perdón a mi adorada hija Verónica, por tantas afrentas, por tanto dolor inmerecido y heredado. Pido perdón a ambos, por este desgarramiento familiar, por este interminable suplicio.
Agradezco a mi hija Verónica, su excepcionalidad como madre, esposa, nieta e hija. Agradezco a mi hija Verónica, su bondad, su luz, en medio de tanta oscuridad. Agradezco a mi hija Verónica, mujer hecha de ternura, cariño, sensibilidad, abnegación y coraje, la fuerza milagrosa e invencible de su amor sin fronteras, que la ha convertido en el inexpugnable y bendito pilar que sostiene a nuestra familia.

Dra. Hilda Molina
Publicado por Editor en 3:22
Etiquetas: Artículos

Nenhum comentário: